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Castillo de los Moros (vista general de la fortificación)

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ARQUEOLOGÍA DE TAMARITE

El extenso término municipal de Tamarite, de 110,90 km2, se extiende sobre dos unidades geomorfológicas bien diferenciadas, la sierra de La Gessa, el plegamiento anticlinal al norte y la zona llana al sur, apenas con modestos relieves tabulares terciarios, colmatados por sedimentos de tipo fluvial (sassos). La Litera es tierra de transición del llano a la montaña, y Tamarite participa plenamente de esta característica. Por su geografía transcurre una de las principales vías trashumantes de Aragón, al tiempo que está cruzada de este a oeste, en su extremo sur, por la importante vía romana de Lleida a Huesca, que en cierto modo refleja lo que siempre ha sido La Litera: zona de frontera permeable y de transición de una cultura mediterránea por el este y transpirenaica por el norte.

Hoy en día podemos considerar La Litera —y Tamarite es un claro ejemplo de ello— como una de las áreas aragonesas mejor conocidas a nivel arqueológico, al tiempo que poseen un amplísimo e interesante registro de más de 100.000 años que abarca desde el Paleolítico Inferior hasta la Baja Edad Media. Ya en el siglo XVII un erudito oscense, Juan Vincencio Lastanosa, nos dio a conocer los hallazgos de monedas ibéricas de plata encontradas en su término. A finales del siguiente siglo, el canónigo de la Colegial de Santa María, Pedro Mola de Vinacorba, hablaba en sus escritos de los baños árabes de Tamarite, situados a poca distancia de la población, y, a principios del último cuarto del siglo XIX, el historiador Joaquín Manuel de Moner hacía referencia a su importante pasado histórico-arqueológico. También a finales del siglo XIX el erudito padre Eduardo Llanas estudió la vía romana y el miliario aparecido en la partida de Vallbona, y Bernardo de Cariello, delegado local de excavaciones, recogió y dio a conocer en 1950 diferentes hallazgos y yacimientos de su término. Posteriormente, Rodrigo Pita publicó diversos artículos referentes a Los Castellassos y ya en la década de los setenta, Amado López, en su estancia como profesor del Instituto de Enseñanza Media, recogió una amplia información acerca de nuevos yacimientos arqueológicos y excavó un conjunto medieval de seis enterramientos con losas en la partida de Valcarrós. Es a partir de este momento cuando proliferan los estudios sobre la arqueología literana, con trabajos de autores como V. Baldellou, A. Domínguez, E. Maestro, M.J. Calvo, F. Marco, I. Garcés, J. Rey, J. Gallart, P. Utrilla, M. Barril y J. Rovira, entre otros. También se han realizado excavaciones en los yacimientos de Olriols, La Cova dels Moros de Gabasa, y en La Vispesa.

Paleolítico y Neolítico

Los hallazgos más antiguos han aparecido sobre las formaciones cuaternarias de terrazas y glacis, testimonios de una actividad fluvial intensa, muy distinta a la actual, en lugares donde era segura la presencia de caza abundante. Corresponden a momentos de ocupación datables en el Paleolítico Inferior (Achelense) y Medio (Musteriense). La actividad del río Noguera Ribagorzana depositó en su margen izquierdo una serie de terrazas decrecientes desde Els Plans de Almenar y Almacelles, mientras otras terrazas, en niveles similares en el límite oeste del término municipal, son el testimonio del margen derecho del río a su paso por La Litera, antes de que cambiara su curso al ser capturado por un afluente del Segre y girara hacia el este a la altura de Coll de Foix. En estas terrazas, que empezando en la zona de La Mina de Olriols descienden hasta El Regal de Pídola y La Vispesa, encontramos los yacimientos más antiguos con industrias líticas elaboradas en sílex, cuarcitas y otras rocas duras como corneanas y esquistos. Son destacables el espléndido bifaz de La Mina de Olriols (justo en el límite entre los términos de Tamarite y San Esteban de Litera) y el protobifacial de La Vispesa, ambos del Achelense, piezas que, junto al resto de hallazgos más antiguos, se encuentran expuestas en una de las primeras vitrinas del Museo Arqueológico Provincial de Huesca.

Sobre los glacis formados entre distintos niveles de terrazas o a partir de éstas, y en momentos algo más recientes, han aparecido piezas trabajadas en sílex y correspondientes ya al Musteriense, como las encontradas en Torre Perella (Algayón) y en el vecino término de Altorricón (graveras de Sant Bartomeu, Cuquet, La Montanera y El Rossell).

La naturaleza de las rocas sedimentarias, con ausencia de cavidades kársticas, es la causa principal de que no se hayan encontrado hasta el presente elementos culturales adscribibles a los clásicos momentos de hábitat en cueva: Paleolítico Superior, Epipaleolítico, Neolítico y Bronce Antiguo. Es a partir del Neolítico Antiguo postcardial, hacia el 3.900 a.C., cuando se evidencia un incremento en la ocupación del territorio, proliferando los asentamientos al aire libre que hay que relacionar con una sedentarización, debida al mayor control de las técnicas agrícolas y el dominio de la ganadería. Han aparecido materiales líticos con presencia de microlitos, perforadores y hachas pulimentadas, y cerámicas correspondientes a cuencos semiesféricos o de perfiles sinuosos y paredes verticales, con decoración plástica de cordones. Los yacimientos se encuentran en la zona de yesos: en L’Estany, y, ya en la parte llana, en La Colomina y Cornobis. Estos yacimientos se relacionan especialmente con otros asentamientos de zonas próximas, del Segrià o Les Garrigues, en la vecina provincia de Lleida, con las que el intercambio cultural es notorio por la facilidad de comunicaciones a través del terreno llano.

La Edad del Bronce y el inicio del Hierro

El incremento demográfico que se produjo durante la Edad de Bronce se pone de manifiesto en una intensa ocupación del territorio, especialmente a partir del denominado Bronce Medio. Conocemos los asentamientos correspondientes a fondos de cabaña de Subau (en Algayón), La Penella y Los Castellassos, que pueden situarse en el Bronce Medio, o incluso a finales del Bronce Antiguo, hacia el 1.700-1.400 a.C.

Es durante el Bronce Final, 1.200-750 a.C., cuando se produjo la urbanización de los poblados y la implantación intensa de la metalurgia. En el yacimiento del Regal de Pídola existe una gran cisterna para la recogida de agua en la parte alta del tozal donde se emplaza el yacimiento; en su interior aparecieron varios moldes de fundición: de una empuñadura y hoja de espada, de un martillo de cubo, de una aguja acabada en un aro y de una varilla. Otro molde, de fundición de varillas, se encontró en el yacimiento del camino de Algayón. Yacimientos también correspondientes a esta fase del Bronce son los de Torre Peris, Torre Perella, Torre Folch y Santa Ana, entre los más importantes. Son característicos de estos yacimientos los vasos cerámicos bitroncocónicos, con los denominados apéndices de botón, y las cerámicas con cordones aplicados e impresiones digitadas.

Ya del Hierro I es el yacimiento de Matacabras, con cerámicas acanaladas y la espléndida urna bitroncocónica encontrada en la Torre Piniés. La escasa presencia de cerámicas de este momento sugiere una larga pervivencia de los modelos anteriores hasta la formación de la cultura íbera.

La cultura ibérica y la romanización

La iberización de La Litera se produjo tardíamente, a tenor de los conocimientos actuales, al tiempo que una parte de los asentamientos íberos se encuentran en terrenos completamente llanos, a diferencia de lo que es habitual, hecho que sugiere una gran estabilidad política en torno a los siglos III-I a.C. Los poblados ibéricos se romanizaron y sus tipos cerámicos perduraron hasta el siglo I d.C. Los principales yacimientos del término de Tamarite son: Los Castellassos, La Vispesa, San Sebastián, Torre Peris, Les Torrelles, Roca Partida, Miporqué y La Roda (Algayón).

La organización espacial de los poblados íberos puede observarse con claridad en el cerro de La Vispesa, donde a partir de una ancha calle enlosada se sitúan, a ambos lados, las viviendas de planta rectangular. Sus paredes se levantan en la parte inferior, con varias hiladas de piedra arenisca que terminaban en un muro de adobes o tapial. Las paredes y los pavimentos aparecen con un enlucido de arcilla o yeso. En la parte alta del yacimiento, un edificio levantado probablemente en el siglo I a.C. sobre paredes de grandes bloques, algunos con marcas de cantero, presenta una magnífica cisterna circular para recogida de aguas pluviales en lo que debió de ser un patio pavimentado con opus signinum, en un momento de clara influencia romana.

Los fragmentos de dos magníficos monumentos escultóricos con relieves aparecieron en obras que se realizaron junto al yacimiento, una de ellas con la representación de dos caballos, mientras la otra nos muestra dos recuadros separados y rodeados por una incompleta inscripción en caracteres ibéricos de 6 cm. de altura, en la que parece aludirse a la divinidad Neitin. En uno de los recuadros se ven los restos de un escudo y una lanza, y en el otro dos manos, unos cuerpos mutilados y un buitre que parece devorarlos.

En otro de los yacimientos, en Los Castellassos, también se encontraron dos estatuas sedentes de sendas figuras humanas de diferente sexo, datables en el siglo I a.C., un raro ejemplo en la iconografía ibérica en piedra del noreste peninsular.

A partir del desembarco de Escipión en Ampurias en el 218 a.C., empezó la romanización de la cultura indígena, cuyos poblados acabaron desapareciendo durante los siglos I-II d.C. La población se instaló junto a las mismas tierras de cultivo y proliferaron las villae rústicas. Son importantes las villas romanas de Maguela, La Colomina y La Torre del Peri, la cual perduró, al menos, hasta el s. IV de nuestra era.

Por el extremo sur del término transcurría la vía romana que enlazaba las ciudades de Ilerda y Osca, junto a la cual apareció hacia 1883 un miliario erigido en honor al emperador Claudio, en el año 43 d.C., por haber restaurado la vía. El miliario se encontró en la partida de Vallbona, una vez cruzada la Clamor que sirve de separación entre Aragón y Catalunya, y una milla antes del parador viario o mansio de Mendiculeia.

Época medieval

En el solar del castillo de Tamarite se ha encontrado cerámica sigillata romana, por lo que es probable su ocupación continuada hasta época medieval cristiana, tras la dominación islámica que perduró hasta mediados del siglo XII, momento en el que Tamarite se reconquista de forma definitiva, probablemente en 1149. Es durante dicha dominación cuando se erigen el castillo y también la fortificación de Los Castellassos, sobre el antiguo poblado ibérico, formando junto al castillo de Albelda una segunda línea defensiva contra los territorios cristianos situados al norte. Más al sur, en las zonas llanas, debieron de ubicarse varias alquerías, tal y como ocurre en localidades próximas, y que conocemos además por los textos de la época que han llegado hasta nosotros, como la mención a la alquería de Olriols y la de Las Arcas (probablemente situada junto a la Clamor, en el límite con el antiguo término de Lleida). En La Farinera y en Torre Perella (Algayón) se emplazaron otras de dichas alquerías.

Algunas de ellas pervivieron tras la reconquista y otras torres nacieron con la llegada de los nuevos repobladores. La granja de Viverol, que pertenecía a los monjes cistercienses de Poblet, fue uno de estos nuevos asentamientos. Los Castellassos siguieron ocupándose durante más de dos siglos, tal y como atestiguan los silos, depósitos, aljibes y lagares trabajados en la roca que hoy todavía observamos. Cornobis y Santa Ana son otros de los lugares ocupados en este momento. Se han encontrado enterramientos medievales de losas en el Castillo, Valcarrós, Olriols y Torre Perella correspondientes a este tipo de habitación dispersa, ya de época cristiana.



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